Me siento a escribir hoy después de estar tan ocupada con proyectos escolares. Esos que no tienen nada de glamour, ni romanticismo. Había estado tan saturada que ni siquiera había tenido tiempo de preguntarme ¿Cómo estás Carol? ¿Cómo te sientes ahora que viene el día de muertos? En este día, yo celebro todas mis ausencias, no simplemente aquellos que son cenizas ahora o que fueron devorados por los gusanos. Para mí significa muerte todo aquello que ya no vive de la misma forma, que dejo de ser, que dejo de estar en donde estaba, que dejo de vibrar. Y en esta casa, que es la vuestra yo soy la que tiene más muertes en su historial, y me siento como una anciana que fue perdiendo a sus hijos en la guerra, o a su gato gordo que murió por una bola de pelo, o a su canario que se congelo y quedo bien duro.
Hoy para variar también recuerdo a mi perro muerto, al que esperó a que llegara a casa parar morir junto a mí. Recuerdo los mejores escritos que alguna vez escribí y que nunca publiqué, se fueron en un ordenar robado. Nadie nunca más los leyó. Excepto yo, que los leí cien veces. Recuerdo los romances que por mi o por alguien más murieron una noche cualquiera, con dolor o sin dolor desfallecieron antes del amanecer. Nunca he esperado toda la madrugada para que terminen contigo, es una regla que no puedo romper. Y luego recuerdo mis sentimientos muertos y comprendo que yo misma soy un cementerio, sí, lleno de flores y de aves, de perros que custodian las entradas. Soy la dueña del panteón y lo administro de acuerdo a todo lo que pasa allá afuera. Lo que me preocupa es que no dejo descansar a mis muertos, porque todo el tiempo los estoy recordando. Y les dedico canciones, y les escribo papelitos y brindo en su honor.
Las cosas no mueren mientras alguien las recuerde. Yo siempre hablo de ti.
Firma Carol,
catrina de ojos verdes

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