El especial del día





Hay dos tipos de añoranza: La que mata y la que no mata. Quizá las dos las conozcan o quizá no lo quieren recordar. La añoranza que mata es el –te extraño- que no se puede decir, el – necesito verte- que no se puede llevar a cabo, porque ya no existe ninguna posibilidad, por eso es que mata. Se puede manifestar en todas las edades, sin embargo las características a veces son las mismas. Dolor al recordar, evasión  ante ciertas  imágenes del pasado que te hicieron en algún momento invencible o feliz. Síndrome de necesito a alguien para sentirme bien, un poco de alcoholismo y de – Está noche me escapo con cualquiera-; sueños rotos y planes inconclusos, círculos abiertos que se van enterrando en el cuerpo en forma de espiral, casi como cuando sacas el corcho de una botella de vino, así se te van acabando las ganas sobre los días que siguen.
Melancolía de la mala y quizá un poco de arrepentimiento también.

Luego hablemos de –La otra- aunque no deja de ser una perra, es cierto que no mata. La necesidad de ver o tocar a alguien, de estar en cierto lugar, haciendo cierta cosa, con una específica compañía. Esta añoranza puede llegar a ser más discreta porque eventualmente esos deseos podrían lograrse, y entonces ese lugar que ocupa la añoranza y la melancolía de la buena serán sustituidos por el placer del logro, por el placer del reconciliamiento, por el –Al fin llegaste-
Esta añoranza quizá muera a la entrada de algún aeropuerto, en una llamada, en una cita o quizá se muera en ti.
Por eso digo que todo tiene un nombre y que todo es cuantificable de tal manera que si me preguntaran en que número me coloco para estar cómoda para seguirte esperando, diría – Hasta el dos mil trece señor, pero puede que espere más, como siempre- 


Firma Carol
Escritora de medio tiempo 

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